domingo, 26 de enero de 2014

(XXVI) Sueños de Metralla - Escena Segunda

"Los monstruos me ahogan, me arrancan
trozos de alma y me queman."

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Escena Segunda

Se trata de una sala blanca, impecable. Suelos blancos y techos blancos. Las paredes blancas. Ni una cama ni una mesa. Ni una silla ni sillón. Y menos aún almohada. El suelo es de un blanco enfermizo, como del hospital. Es de un blanco que no transfiere paz, sino miedo, incertidumbre. Las paredes tiene marcas de uñas, de garras de desesperación por huir. El silencio es perpetuo durante unos instantes pero a la vez vibra. Tensión con calma. Y en el centro, ella, AINA. Lleva un camisón gris, como su alma desgarrada, y el cabello pelirrojo. Lleva una manga larga dónde una vez hubo mano, y la otra mano está crispada, tratándose de agarrar el pecho. Está encogida sobre sí misma, como si las puñaladas le estuvieran atravesando. Suelta gruñidos de vez en cuando, se suelta el pecho y se agarra el pelo para provocarse un dolor físico que nuble el dolor psíquico. Se levanta y comienza a andar en círculos, cuadrados y luego en aleatorio mientras susurra maldiciones.

AINA:
¡La noche es de luna oscura!
¡Dulce dama, venga acá!
¡Venga acá, cobarde!
Acaso… ¿Acaso dios te libró
Del dulce horror de pensar?
Acaso… ¿Acaso crees que tú
Me puedes ignorar?
Ah… no. No te escaparás.
Corre, corre pequeña dama.
La noche es oscura y te buscan.
Corre, corre, no escaparás.
Con dientes afilados te devorará.

(Aina comienza a reírse como la loca que todos piensan que es. Se detiene y anda. Se ríe y solloza. Dicen que está loca y se lo comienza a creer. Entra por la izquierda el MÉDICO2. Está ataviado con una bata gris sucia, raída y fea. Tiene el pelo rubio roto y la mirada destrozada de balas. Se acerca a AINA lentamente, cautelosamente, como un lobo acechando a su presa.)


MÉDICO2:
Venga, venga, preciosa.
Te tienes que levantar.
O con dientes afilados
Te devorará.

Te llama tu patria,
Te llama tu deber.
¡Debes volver!
¡No puedes perecer!

(AINA se queda perpleja. Se para y parpadea. Se acaricia su mano que ya no está. Sigue sintiendo, día tras día, el dolor de cuando le arrancaron poco a poco un dedo de cada mano. Y luego la mitad de la mano. Poco a poco, tratando de arrancarle las palabras. Y así acabó, sin brazo y sin ilusión. Parpadea. Un instante y otro. Y retrocede.)

AINA:
Mi patria está muerta,
Perdí mi mano por ella.
Mi patria está muerta.
Yo me perdí con ella.


(El médico maldice por lo bajo. Se la trajeron para recuperarla y se ha perdido aún más. Se coloca las manos en los bolsillos buscando algo. Parece que lo encuentra, y lentamente lo saca. Coge las manos de AINA y deposita un objeto en sus manos a la vez que se separa de ella. AINA coge el objeto y lo observa detenidamente. Se trata de un caballo, una pieza de ajedrez negro ébano pero con ribetes en plateado. Su tacto es suave por la madera y frío pero delicado en la plata. Mira la parte de abajo, dónde hay tan solo una “W” marcada de forma delicada. Suspira unos instantes, y tiembla.)

MÉDICO2:
Es tu momento, Aina.
Has de organizar la patria,
Has de organizar el ejército,
Has de organizar tu vida.

Tienes que luchar, Aina.
Lucha por tu vida,
Que no es otra que tu patria.
Tu madre, tu Alemania.

(AINA cierra los ojos y aprieta los dientes. Coge la pieza con fuerza y desesperación, como si agarrada a ella se encontrara su vida, su alma. Sus esperanzas.)

AINA:
Yo estoy loca, señor médico.
¿Acaso no ve mi mirada?
¿Acaso no ve mis movimientos?
¿No ve mis sueños?

He muerto por mi patria.
Y mi patria quiere que resucite.
Pero yo tengo dudas, señor.
Tengo dudas sobre mi altura.

Temo fallar, señor, por mi vida,
Pero sobre todo, por mi patria.
Temo hacerla caer y desfallecer.
Temo dañar a mi patria, mi alma.

Temo… Pero quiero jugar.
Quiero avanzar, y dañar.
Quiero matar a los enemigos,
De mi patria, de mi amor.

Quiero acabar con ellos,
Destrozarlos, y lanzarlos
A la morada oscura del mundo,
Que no es otra que el infierno.

¡Quiero que corran!
¡Que griten y lloren!
¡Que sus mujeres
Se desgarren las mejillas!

¡Quiero que imploren,
La más honda piedad!
Quiero que sufran…
Lo mismo que yo sufrí.

Quiero que pierdan,
A su amada patria.
Quiero que se pierdan,
En el dolor del infierno.

Quiero susurrarles al oído,
Mientras lloran de miedo.
Que corran, que corran…
Porque con dientes afilados
Los desagarraré.

(AINA se ríe levemente y avanza hacia el médico, que sonríe a su vez. (Le van a aumentar por salvarla o sacarla de donde estuviera. Pero tiene miedo. No sabe si está con una cuerda o una loca. Pero los locos hacen las locuras que los cuerdos no se atreven. Los locos, y más Aina, es capaz de luchar con dientes, uñas, alma, mente y espíritu por la patria. Para un loco como ella más vale morir por su patria que huir como una cobarde. Para ella ser cobarde es estar muerta. Es perecer y convertirse en poco más que una sombra y poco menos que el viento). Se apagan todas las luces y aparece en el fondo un hombre con la guitarra raída. Lleva un sombrero oscuro y una chaqueta raída, como si fuera una bella sátira de los músicos de orquesta, trajeados, con violín y con el pelo repeinado. (El guitarrista lleva el pelo cortado como ha podido. No tiene dinero ni para un digno barbero.) Aina y el Médico se quedan mirándose fijamente, a ambos lados del guitarrista raído con la mirada vacía. Están quietos pero en tensión. Como si en cualquier momento fuera a caer una bomba, o sonar el disparo que les permita echar a correr.)

GUITARRISTA:
Y así comenzó la guerra,
Que acabó en el olvido.
Y así comenzó la guerra,
Que acabó con los suspiros.
La guerra maldita,
Dónde la sangre bañó espadas,
Dónde la sangre regó los campos,
Dónde la sangre tiñó las amapolas.
(De ahí su color. Sangre. Carmesí. Dolor.)

Nuestra heroína ha entrado en escena,
Sin saber aquello que el futuro espera.
Aina, bella dama, de talante indomable,
De mente brillante, pero dañada, herida.
(Aina, bella estrella. Muerta en vida, vida en espera.)

(El guitarrista raído sonríe levemente. Mira al frente y realiza una burda reverencia. Los dos focos que le alumbraban se apagan poco a poco. Se retira a la derecha. Mientras, AINA se cae poco a poco al suelo, como una hoja de árbol caída porque acaba de caer el otoño. El médico la coge de la cintura, pero ella le ignora. Se agarra a su pieza con desesperación. Unos instantes, unos segundos que saben a minutos se queda quieta. La escena parece congelada. Las paredes blancas, los suelos blancos, el vestido raído gris de ella, el guitarrista de fondo, la bata de él casi negra y el pelo rojo de ella, rebelde. Su brazo en cabestrillo, el derecho. Ya no podrá disparar igual. Ya no podrá asesinar a quemarropa sabiendo que siempre, siempre acertará en el corazón. Pero no le importa. Se levanta, regia como una reina a pesar de su corta estatura y mira al público, desafiante. Sonríe, como un lobo antes de devorarse al cordero más adorable y a la vez el más sabroso. El médico se pierde entre las sombras del escenario, quedando en el centro de la escena AINA. Se pone un instante de puntillas y mira fijamente al público, sin enfocar la vista en ningún sitio concreto. Apunta, y hace con sus manos una pistola. Imita que carga con la mano que ya no tiene pero que ella sigue vislumbrando en la semilocura de su mente. Y dispara. El foco se va tornando en rojo y a continuación, poco a poco se va apagando, hasta que la escena se torna totalmente oscura. Se cierra el telón y la sala se queda totalmente en oscuras antes de sonar una alegre pero ridícula melodía, más espeluznante que alegre. Una canción que podría decir que presagia de una forma oscura la muerte más espeluznante y a la vez más dolorosa. Pero música, al fin y al cabo.)

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