lunes, 20 de enero de 2014

(XIX) Sueños de Metralla - Escena Primera

1.

ACTO PRIMERO
DEL MÉDICO LOCO QUE TRATABA A CUERDOS.

(Escena Primera)

               La escena muestra una sala mustia y con hedor a muerte. Con calma en el ambiente pero de cansancio. Los suelos son de granito veteado, frío y gris. Las paredes son de un blanco “roto”, como dirían muchos artistas bohemios (locos, malditos locos). La calefacción desconectada o rota se esconde en un recubrimiento de intento de madera gris, pero que tiene el inhumano tacto del plástico (inhumano, y eso que es el invento del siglo). Las ventanas son amplios ventanales, que permiten ver un cielo tan azul que duele de amor mirarlo fijamente. Un jardín y una fuentecilla antigua se ven de fondo. La fuente está rota y unos barrotes gruesos como los brazos de un moribundo impiden escapar.
               En una esquina, una mesa con un tablero de ajedrez sin piezas (más de uno puede intentar atragantarse con ellas). Las sillas son viejas (da miedo sentarse en ellas, seguro que se rompen). Una mesa de pin-pon sin palas (¡evitemos posibles altercados entre moribundos!) se encuentra en el centro de la sala.
               Varias personas, los LOCOS, están mirando embobados las ventadas. Parece que no ven los barrotes, o simplemente no ven nada. No se mueven, casi me atrevería a decir que no respiran. (No son personas, son locos).
               Algunos fumándose un cigarro y otros con mirada cansada, están los MÉDICOS, o al menos intento de ello. Todos soñaron con conseguir rescatar a personas de las garras de la muerte, con una mujer rubia con buen culo que fuera de compras, hiciera buena comida y les diera lo que ellos pedían. Y acabaron en el culo del mundo (El manicomio)
               AINA, una chica pelirroja, con aire de niña pequeña y con pecas está apartada sentada en el suelo. Tiene los ojos abiertos enfocados a la nada. Juega con la mano que ya no tiene, aunque aún siente. (En sus sueños sigue teniendo dos manos y estrangula a más de uno.) De repente, airada se levanta, y mira hacia el público con mirada vieja y desafiante.

AINA:
¡Qué tedioso fue el día,
Y que maldito, diablos,
En el que acabé presa aquí;
Dónde los sueños buscan,
Desesperados,
La esperanza de un más allá.
Dónde los héroes sueñan
Con la meta por alcanzar!

MÉDICO 1:
Ya estamos con la loca esta,
Más de un disgusto nos va a costar,
A ver si algún día trata de escapar,
Y en la sala blanca la podemos encerrar.
(Los MÉDICOS se ríen, y uno se atraganta con su propia saliva).

AINA:

(Furiosa, con los ojos verdes brillando con fuerza, pero moribundos).

¡Gritan los cantares!
Las leyendas de héroes.
¡Gritan las historias!
Las hazañas de los caballeros.
¡Fuego, sangre, dolor!
¡Fuego, sangre, terror!
¡Muerte, muerte, muerte!
(Su voz sueña como un graznido de los cuervos).
Que fue de la vieja gloria,
¡De aquel viejo regio!
Que fue de los reyes,
De los caballeros,
¡De aquellos malditos errantes!

LOCO 1:
(Se tapa los oídos con las manos, desesperado, y cierra los ojos, angustiado. Tiene miedo, miedo, miedo. Mucho miedo. Se encoge y los temblores lo sacuden violentamente. El frío se cala dentro, muy dentro en sus huesos, esqueléticos del hambre, la miseria y la locura. Comienza a agitarse y a boquear desesperado, como un pez fuera del agua).

¡Que se calle, que se calle!
¡Maldito pájaro de mal agüero!
¡Maldito sea tu oscuro cantar!
Maldito mil y unas veces,
Miles y millones cien veces…
¡Calladlo, atadlo, matadlo!

MÉDICO 2
(Da una calada al cigarrillo y lo tira al suelo, a la vez que lo pisotea. Suspira y gruñe por lo bajo, a la vez que se acerca al LOCO, que está tirado en el suelo, presa de escalofríos.)

¡Maldita niña estúpida!
¡Estúpida niña manca!
¡La ataré y la encerraré!
¡Y a ver si muerta de hambre,
Sigue teniendo ganas de gritar!

(Dos médicos se acercan a Aina y la agarran del brazo y del torso de malas formas. Le dan puntapiés de propina, y un gemido escapa de la garganta de ella. Otro médico se acerca al loco, y trata de obligarle a levantarse, pero el loco estalla en llantos angustiosos.)

AINA
(Grita y solloza, y maldice a los cuatro vientos, mientras es arrastrada. Pero su peso de niña provoca que se la lleven prácticamente a volandas.)

¡Locos, locos estáis todos!
¡Os juro por las estrellas,
Y por la luna del cielo,
Por el cometa sangrante
Y por los versos centellantes,
Que escaparé y os degollaré,
Que justicia implantaré!
¡Locos, locos, locos todos!

MÉDICO2:
Irónico que loco,
Llame loco al médico.
¿Somos pues locos,
Curando a cuerdos?

(El médico se ríe de forma cruel, mientras sale junto con el MÉDICO3 arrastrando o llevando de volandas a Aina.)

               Suena una puerta chirriar de fondo, y entra en escena ENFERMERA BARTOLOMERA. Lleva un vestidito corto blanco, y una corona con una cruz en la cabeza. Unas zapatillas adornan sus pies. El vestido tiene algunos remiendos hechos por la propia enfermera en un vano intento pasado de hacerlo más atractivo. Tiene las rodillas huesudas y con el frío las tiene moradas. Su pelo es corto y desaliñado, de color madera rancia, y su mirada de zalamera junto con unos ojos tuertos. Lleva un carrito cuyas ruedas chirrían desastrosamente, con vasos de plástico amarillentos encima de ella.

ENFERMERA BARTOLOMERA:
(Con gesto aburrido)
¡La medicina, la medicina,
Bastardos, locos,
La medicina, la medicina,
De todos los tamaños!

MÉDICO 1:
(Con tono guasón e irónico)
¡Bartolomera la fea!
¡De todos los tamaños,
Pero dinos cuál de todos,
Prefieres en tu coño!

ENFERMERA BARTOLOMERA:
¡Ay, que risa, me desorino!
Que chistoso, ¡Me desternillo!
Afirmativo, me gusta el tamaño,
Y por eso el tuyo nunca lamo.

(ENFERMERA BARTOLOMERA se contonea ante el Médico1 riéndose de él. Éste, se pone rojo y frunce el ceño. No le ha gustado que la enfermera lo trate de esa forma, y menos aún ante sus compañeros, que se ríen como hienas.

 ENFERMERA BARTOLOMERA:
(Suspira, y nuevamente con gesto aburrido)
¡La medicina, la medicina,
Bastardos, locos,
La medicina, la medicina,
De todos los tamaños!

ENFERMERO 4:
¡Y sigue y sigue con la cantina!


LOCO 2 (Nikolai):
(Deja de mirar por unos instantes la ventana. Tiene un poco de baba corriendo por la comisura de sus labios, y a sus manos les faltan dedos. Seis en concreto, como la cifra del número del diablo. (Otra historia que ya contaremos.) Se acerca a la Enfermera Bartolomera con ojos desorbitados.)

Yo no quiero medicina,
Ni tampoco vitaminas,
Yo no quiero palabras,
Que me dañen más el alma,
Ni que me arañen el corazón.
Yo quiero un abrazo,
Una caricia y un susurro,
Una flor y un beso
Dado en secreto,
En la oscuridad de la noche,
Tan oscura como las estrellas,
Tan brillante como la luna,
Y tan bella como la amapola.
Yo quiero buscar a mi amada
Que corre perseguida por bosques,
Por ciudades inhóspitas,
Por el desierto desamparado.

Aún recuerdo a mi amada,
Esa flor en el ocaso,
Ojos azules encendidos,
Pero rubio bronce.
Manos delicadas de marfil,
Pies suaves de nubes.
Una doncella hermosa,
Una doncella de ensueño.
Como esas que aparecen
En los cuentos mágicos,
En los cuentos de historias
Que nunca más se verán.
Oh amada mía, sólo mía,
Es tu pelo como el río,
Y son tus ojos como dos pozos,
Enormes, oscuros,
Dónde me ahogo.
Son mi perdición, y mi luz,
Mi sueño y mi pesadilla.
Oh amada mía,
Doncella y alma mía.
Eres pequeña pero sólo mía…

(Se acaricia el pecho y una lágrima solitaria le recorre el rostro).

ENFERMERA BARTOLOMERA:
¡Ya está bien de lágrimas,
Y de lamentos, de sollozos!
¡Tomemos la pastillita,
Y vayamos a tomar el sol!
¡Vamos, para arriba Nikolai!
¡Que la mentira más perra,
Es que la vida es bella!

(La Doctona Bartolomera se ríe y le da las pastillas al Loco2, Nikolai)

               Se cierra el telón. Los médicos fuman y la doctora Bartolomera sonríe por no llorar. Nikolai se abraza a sí mismo, mientras que unos locos aúllan y otros se mueren por dentro y por la mirada. Unos están locos y otros están menos cuerdos, pero al fin y al cabo son personas apresadas.


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