HERIDAS DE METRALLA{DEL CUERVO QUE SOÑABA CON SER PALOMA}Y LE ASTILLARON LAS ALAS.
(El telón se abre y la escena muestra una sala cualquiera. Se trata de una sala de espera cualquiera. Un grupo de sillones destartalados en torno a una mesa de cristal llena de revistas de tres años atrás. Los sofás son de un tapiz viejo de colores mustios. A la izquierda, una mesa de comedor, con siete sillas a su alrededor. Multitud de papeles sobre ella y un tablero de ajedrez, cuyo tablero es de madera. Las fichas son doradas y plateadas. Unos cuadros cuelgan de las paredes mostrando unas batallas épicas de forma ridícula. La bandera de la unión soviética cuelga de una de las paredes. El color ya no es sangre, sino que tiene un color parecido a la arena quemada. Una puerta en el centro. De repente entra AINA, mostrando gesto contrariados, preocupados y cabreados. Ya no lleva el vestido de loca, sino que porta unas botas con un pequeño tacón. Son de cuero y negras, altas. Unos pantalones de color negro y encima un chaquetón amplio de color blanco, con un cinturón remarcando su escasa cintura en dorado. Lleva un gorro para la nieve de color blanco, también de pelitos, que remarcan su cabellera roja. Tiene los ojos verdes preocupados. La manga del brazo que no tiene cuelga. Presenta la tela raída. (De la frustración las ha raído. Está cabreada y desesperada. Se trata de su mano derecha, y tendrá que volver a aprender a disparar para volarle los sesos al culpable y a su asquerosa patria).
AINA:
¿¡Dónde está Spassky!? ¿¡Dónde!?
¡Maldito rufián, vago y traidor!
¡Se cree listo encima!
Cuando le pille,
Cuando lo atrape...
Ah, le daré su merecido.
Y no escapará,
Pues con dientes afilados
Lo desgarrará.
Comienza a gritar para la sala vacía. Comienza a andar en círculos y se para un instante a observar el tablero. A continuación vuelve a dar vueltas. Se acaricia el brazo que ya no tiene y se quita el gorro que lo deja en el perchero. Vuelve a andar de un lugar para otro. Sus tacones forman un ritmo desesperante.
IVÁN:
¿Aina?
Suena desde fuera del escenario antes de entrar con aire resuelto. Se trata de un chico rubio y alto, con los ojos verdes y de complexión formada. IVÁN. Lleva el uniforme masculino ruso, que se parece al de aina. Botas negras bastas, chaquetón blanco y gorro de color negro alto. Tiene el rostro rojizo del frío. No tarda en fijar la vista en AINA.
IVÁN:
¡¿Qué crees que estás haciendo?!
AINA sonríe levemente. Todo sentimiento de cabreo se le ha desaparecido. Y avanza para acercarse a él.
AINA:
— Buenas querido Iván,
Por fin nos encontramos,
No has podido huirme,
Y menos aún encerrarme.
Aina se acerca aún más y le da un ligero beso en la mejilla. IVÁN gruñe por lo bajo y se aleja un poco de ella. Tanto contacto le molesta. Sus planes no han salido bien, y todo se ha torcido. (Todo se ha caído).
IVÁN:
—Buenas pelirroja,
Querida y peligrosa.
Veo que no te has rendido,
Y no has cedido.
Pero querida hermana,
Espero que entiendas,
Que la vida, y mi amor,
Atar tus alas me obligaron.
IVÁN mira a AINA y trata de acercarse, de darle un abrazo, pero ella se niega. Se aparta de un ademán brusco, como si IVÁN tuviera una enfermedad o su mero roce le doliera. (No le duele el cuerpo, no le duele su roce, le duele la herida de la traición).
IVÁN:
Aina… querida Aina.
Sabes que no quise dañarte,
Sino que solo quise protegerte.
Sabes que eres mi esperanza,
Mi vida y mi cielo…
Aina… perdóname preciosa,
Dama de la noche,
Reina del día.
IVÁN mira a AINA desafiante pero pidiendo clemencia, pidiendo un perdón que anhela escuchar.
AINA:
Querido hermano,
Tus actos fueron caros,
Me atraparon en un loquero,
¿Acaso loca me considerabas?
Me ataron los sueños,
Me ametrallaron las alas.
Se alimentaron de mi vida.
Se alimentaron de mi esperanza.
Y me la arrebataron,
Y ya disparar, no puedo.
¿Te sientes mal?
¿Te corroe la culpa?
¿Los remordimientos?
¿Acaso quieres perdón?
Iván no quiere escuchar a Aina. Sus palabras son metrallas. Duele. Duele. DUELE. Por ello le corta, con la furia de mil espadas en sus palabras, manchadas con el dolor de su herida.
AINA:
¡Calla maldito desgraciado!
¡Calla de una maldita vez!
¡¿Ves mi mirada?!
Tengo ojos de loca,
Ojos desesperados,
Ojos de tigre,
Ojos de ladrón.
Me has matado, Iván.
Me has matado, tú,
Mas no quieres tu ver,
La realidad que es.
Por ello, ten por seguro,
Que la bandera de mi patria,
De nuevo, enarbolaré.
Que la espada roja,
Para ti afilaré.
Ten por seguro, Iván,
Que algún día me vengaré.
Aina mira para abajo, está triste. Ya no siente ira, sino siempre tristeza. Una profunda tristeza que le turbia el corazón. Tiene ganas de llorar, pero debe ser fuerte. Debe de servir a su patria, su Rusia, si vida y su amor. (A diferencia de Iván, ella considera su patria por su familia. Iván hará todo por su familia, y en especial por su hermana. Incluso arrancarles sus sueños para protegerla.)
IVÁN:
Véngate, pequeña.
Véngate y hazme sufrir.
Pero no vuelvas,
No regreses.
Tienes tu casa, tu familia,
Tienes dinero y fortuna.
No sigas, por favor.
No alientes a Spassky.
No uses tu cuerpo,
A favor del loco soviético.
No uses tu mente,
En contra de los americanos.
¡No juegues de nuevo!
Por favor… no lo hagas.
Aina, no vuelvas al juego,
No muevas ficha,
Simplemente, retírate.
Aina, bella estrella.
Eres joven,
Y no estás muerta.
Iván mientras habla, se ha ido desesperando. Ha caído, ha tirado su orgullo. Todo por su familia. Todo. Todo por la sangre. Todo. Se arrodilla ante Aina, y rompe a llorar. Rompe, porque su corazón se quiebra en pedazos. Rompe porque su alma se desgarra en desesperación. Roto. Roto. ROTO. Y así se queda, pasando los segundos que saben a minutos y a horas. Tan solo Iván se mueve, por los sollozos desesperados. Aina lo mira, con la pena manchada en la mirada. Y se arrodilla junto a él, acunándolo entre sus brazos. Enreda sus manos entre el cabello de Iván. Y acerca sus labios a sus oídos. Tan solo susurra una frase, como una sentencia de muerte.
AINA:
Gambito de rey.
(Iván se queda parado. Boquea, se siente sin aliento, aire. Se siente pesado a desfallecer. Respira, boquea, respira, boquea. Hace un intento de respirar. Se levanta ligeramente, cogiendo el rostro de AINA entre sus manos tratándola de mirar a los ojos)
IVÁN:
E4, e5, Cf3.
Conozco esas jugadas,
Conozco esos movimientos,
Y también sus consecuencias.
Sé que se sacrifica el peón,
Sé que se busca la iniciativa,
Sé que quieres ser el peón.
Sé que quieres ganar.
Pero Aina, por favor,
Mi bella y única hermana.
Atiende a razones,
Huye, no mires atrás.
(AINA comienza a reírse. Es una risa al comienzo sabe, pero poco a poco va subiendo de tono. Es una risa de locos, de desesperados. Y acaba desembocando en un río de lágrimas. Parece que lleva escrito en la mente la palabra de desequilibrada, caída. Rota mentalmente. Los dos hermanos están rotos. Piensan que en el otro puede estar la salvación. Pero para Iván la salvación es que Aina huya, y para esta la salvación es que Iván le ayude, y pueda de esa forma luchar por su patria.)
AINA:
Lo siento, no puedo.
Lo siento, no retrocederé,
No huiré asustadiza,
No me rendiré.
Y si antes era humana,
Y ahora no estoy cuerda;
Si dicen la bondad es de animales,
Tendré la bestialidad de humanos.
De humanos despiadados,
De humanos desesperados,
De humanos desquiciados.
Pero de humanos locos.
Al fin y al cabo.
(AINA esboza una sonrisa. Un amago de ella, tan rota como su alma. Pero su mirada muestra otras cosas. Ya no es humana, ya no es tranquila y apacible. Ya no es desquiciada. Su mirada es salvaje, de un verde de los bosques de las Honduras, de las aguas de los ríos turbios. De un verde caimán y colibrí. Su mirada es verde bestialidad.)
AINA:
¿No lo recuerdas, hermano?
¿No recuerdas aquella canción,
Que padre cantaba,
Mientras a madre mataba?
(IVÁN se levanta de golpe, apartándose de AINA. Tiene la mirada horrorizada. Está destrozado, lo están destrozando. AINA lo está destrozando para usarle. Aunque le duela romperlo sabe que lo debe hacer. Todo por su patria. Todo por su Rusia. Su patria. Su Rusia. Rusia.)
IVÁN:
T-tú. Tú. TÚ. ¿Vistes algo?
(AINA no responde. Mira hacia abajo. Sigue en el suelo, tirada, desplomada. Le duele hacerle daño, pero ha de hacerlo.)
IVÁN:
Aina. Aina. ¿Vistes algo?
(AINA se queda uno instantes más callada. Sabe que debe llorar, aunque ya no le duela. Su alma está plagada de metralla y aquel recuerdo ya no le duele. Tan solo siente rabia y venganza que sabe a metal en su paladar. Alza la mirada, a punto de derramar lágrimas)
AINA:
Vi a padre, violando
A madre. Acariciando
Su cuello. Con el cuchillo,
Esbozando. Sonrisa roja,
Y manaba sangre. Roja,
Con olor a metal. Madre
Gritaba sin voz. Las vocales,
Le habían arrancado. Madre
Yacía muerta. Padre sonreía.
Padre cantaba. Tenía
La voz ronca. Susurraba:
"Corre, corre, o te desgarrará.
Con dientes afilados, te devorará"
Y luego padre apuñaló a madre.
Y luego me dormí. Y soñé,
Con mi Rusia. Ella era mi madre,
Y no la muerta. Mi Rusia.
Mi madre, mi Rusia, mi patria.
(AINA poco a poco ha ido hablando más rápido. Traga saliva y encierra su rostro entre sus rodillas. Piensa que trata de llorar. Piensa que solloza. Piensa que ella provoca que su cuerpo llore, pero en realidad su alma llora. Su alma quiere salir corriendo y abrazar a Iván. Quiere huir, buscar un pueblo en la costa y jugar a que las olas le atrapan. Pero la mente de Aina está podrida. Al igual que su cuerpo. Su brazo se le cayó porque estaba en descomposición.
IVÁN se ha quedado mirando a AINA fijamente. Poco a poco, lentamente, como si temiera asustarla y que ella huya. Su pulso le tiembla, y tiene lágrimas derramadas por sus mejillas que saben a mar, a ese mar de su infancia tan azul y tan brillante que tanto echa de menos. Ese mar dónde jugaban todos juntos. Su familia. Y ahora su familia está destrozada. Porque lo sabe. Lo sabe. LO SABE.)
IVÁN:
Aina, bella dama, de talante indomable,
De mente brillante, pero dañada, herida.
(Aina, bella estrella. Muerta
en vida, vida en espera.)
Buscas a padre, para vengarte.
Buscas sangre, para no tener sed.
Buscas un cuello, que sesgar,
A la vez que la melodía cantar.
Aina, hermana mía.
Carne de mi carne.
Sangre de mi sangre.
Aina, querida mía.
A padre no podrás llegar,
Pues si lo quieres matar,
Tu puñal a tu madre,
Tu Rusia, atravesará.
Y lo sabes, lo sientes.
Y lo entiendes, desconoces.
No cierres los ojos, no huyas.
Pues padre es parte de Rusia.
Y sabes, pequeña estrella;
El miedo aparece,
En mitad de la noche,
Fría del invierno ruso.
Y cuando el invierno
Ruso te cale en los huesos.
Cuando no puedas moverte,
Entonces tu corazón arderá.
—Hasta la muerte.
(IVÁN está de pie. Tiene los brazos caído, al igual que la mirada, la cabeza, el orgullo y el alma. Derrotado. Cansado. Se siente como un anciano. Piensa que ha vivido demasiado. Añora una cama en las orillas del mar y el silencioso compás de las olas. AINA lentamente se pone de pie. Está tensa. Muy tensa. Y suspira. IVÁN cierra los ojos. Y AINA se acerca a IVÁN y poca sus labios sobre los de él. Suavemente, como el aleteo de una mariposa. Pero dulce como la sal. Y lentamente, comienza a besarle. Al principio con lentitud, sabiendo que tienta a la suerte. Pero IVÁN se deja llevar. Se deja llevar por el mar del beso de Aina y por la tempestad de su pasión. Aina acaricia con su mano física la espalda de su hermano, mientras que con la otra imagina que siente el calor de su torso. Quisiera abrazarle con los dos brazos mientras se hunde en las profundidades del beso. Pero sabe que está fusilada y ametrallada. Es un cuervo con ansias de paloma al que le han quebrado un ala. (Más bien arrancado). Aina se deja llevar en el beso y se sumerge en la calidez de su hermano. Y este se sumerge en ella. Y sus almas se pelean por ver quien abraza más fuerte al otro. Luchan despiadadas, como Troya y Esparta. Iván no piensa, solo siente y se deja llevar. (Los besos menos esperados nos arrancan el corazón a jirones). Y vuela. Acaricia a Aina, recorriéndola como nunca la ha recorrido. Y su cuerpo le pide más. Pero en el instante en que empuja a esta, ambos se caen en el suelo, como unos amantes torpes y desconocidos, pero cuyas almas anhelan despedazar sus corazones, y desollados, entregársela al otro. AINA está debajo de IVÁN. IVÁN está encima de AINA. Se ha enredado entre sus piernas y ahora que el beso ha acabado y con ello la magia, un rubor recorre sus mejillas. Cuando se da cuenta de lo que ha hecho se hecha hacia atrás, dándose con la mesa en la espalda. AINA se ríe de la ingenuidad de IVÁN. Está jugando con él. Ambos lo saben. Iván no quiere velo. Aina no quiere hacerlo. AINA lo mira fijamente y sonríe con tristeza a la vez que suspira).
AINA:
¿Tienes un pitillo, querido Romeo?
(AINA dice las palabras en un tono burlón, lo que provoca que IVÁN se ruborice aún más. Se busca entre los bolsillos y saca un cigarro y un mechero, que se lo arroja. Suspira IVÁN a la vez que AINA se enciende el fuego lentamente, con parsimonia. Saboreando el momento.)
IVÁN:
Se te van a podrir los pulmones.
AINA:
No te preocupes, los tengo mustios.
Y si muero, será de rabia.
(Susurra esas palabras con tristeza. Y da una calada. El humo entra en sus pulmones para luego salir manchado de tristeza.)
IVÁN:
Aina…
AINA:
Dime, Iván.
IVÁN:
¿Nunca te rendirás?
AINA:
Los muertos nunca se rinden.
Los muertos no pueden volver a morir.
(AINA se ríe, e IVÁN, cansado, esboza una sonrisa de derrota.)
IVÁN:
Has ganado.
(AINA lo mira fijamente, taladrándolo con la mirada.)
AINA:
Lo sé.
IVÁN:
¿Era necesario?
AINA:
¿El beso?
IVÁN:
Sabes que me refiero a eso.
AINA:
¿Al beso?
IVÁN:
Sí. (Gruñe. Mastica entre sus fauces.) Al beso.
AINA:
Sí. (Se ríe de él.) Todo por nuestra patria, madre. ¿No?
IVÁN:
¿Hasta cuándo? (Traga saliva).¿Hasta cuándo te dejarás el aliento, el alma y los pulmones?
AINA:
Mi alma ya la tienen.
Mi cuerpo es una carcasa rota.
Y mis pulmones están podridos.
IVÁN:
Ah.
AINA:
Ah.
(Entre los dos se cierne un silencio incómodo, y con sabor agrio. Un silencio con sabor a limón y a sal.)
AINA:
Por cierto, ¿Has visto a Spassky?
IVÁN:
¿Ese loco borracho?
AINA:
Ese genio.
IVÁN:
Tú eres mejor que él.
AINA:
Por algo me han traído aquí (se ríe). Quieren que le enseñe algo. Dicen que estrategia, y otros devorar. Soy mujer y débil. Imbéciles. (masculla).
IVÁN:
¿Y cuál es tu plan para que gane al loco de Bobby?
AINA:
El amor.
IVÁN:
¿El amor?
AINA:
El amor. ¿Te imaginas un Bobby loco de amor por unan rusa. Pero la rusa ama a su patria, y ama a Bobby. Y justo antes del torneo, esta rompe con él. E imita que se suicida. Y los estadounidenses le obligan a jugar, ya que no encuentran el cadáver de su oh, querida amada. Y lo tachan de loco, necesario pero loco.
IVÁN:
Estás loca.
AINA:
(Se encoge de hombros y bufa).
Soy el cuervo de la tempestad,
Pero por una noche,
Me disfrazaré de cisne negro.
IVÁN:
El cisne negro acaba muriendo. ¿O era el blanco?
AINA:
¿Puede que ambos? ¿No era que el cisne blanco se vuelve negro de tristeza?
IVÁN:
Viva la patria, pero nada del ballet ruso.
AINA:
Padre siempre quiso que lo aprendiera…
IVÁN:
… Y por ello nunca te gustó.
(Ambos suspiran y miran al cielo. Están cansados. Y piensan en todo lo que podrían haber sido si no fueran ellos.)
IVÁN:
Aina, te quiero.
AINA:
Lo sé.
(Ambos siguen en el suelo, cansados. Luego irán en busca de Spassky y ya verán qué hacer. Aina quiere conseguirlo por todos los medios. Que Rusia gane. Que Rusia sea la vencedora sobre los estúpidos e hipócritas estadounidenses, parias de la actualidad. Iván solo quiere que Aina esté protegida. Quiere que sobreviva. Aunque sabe que es difícil.
Poco a poco las luces del escenario se van oscureciendo, dando cierta sensación de calma. El cabello de Aina, rojo fuego, brilla en la penumbra del escenario. Es como una mancha de sangre en un cuadro gris por la guerra. Mustio, muerto, en contraste con la sangre, roja y brillante. Irónico que la sangre sea roja vivo, cuando la sangre indica la muerte. ¿Pero quién ha dicho que el mundo sea cuerdo? Las luces terminan de oscurecerse, y se comienza a escuchar el recitar de unos versos:
¡Que bella es la chica!
Todos la admiran,
Todos le miran.
Que bella, que besos,
Oculto entre sus labios.
Que bellos sus cabellos,
Que fluyen libres.
¡Y sus ojos, que mirada!
Oscuros como pozos,
Dónde ni un rayo aparece.
¡Que bella la dama!
Tiene el rostro de la luna,
pálido y dulce marfil.
Delicadas muñecas,
Y dedos de pianista.
Oh, dulce y bella dama.
Que la muerte, te ha llevado,
Lejos, muy lejos, con ella.
Al lado de las estrellas,
Junto a la luna.
Pero tú, oh, bella dama.
Con tu luz cegarás,
Con tu luz alumbrarás,
A la más de bella
De la las lunas llena.
{Pero muerta yaces,
muerta estás.
Bajo tres metros de tierra,
Pereces tu ya}
(El telón se cierra.)